
Tres cursos de nutrición deportiva pagados en año y medio, y solo uno cambió de verdad lo que como en la semana — los otros dos quedaron guardados en una carpeta que ya ni abro. Así empezó para mí este tema de bajar de peso entrenando en casa: leyendo reseñas de cursos en Hotmart hasta tarde, tratando de adivinar cuál valía la pena antes de meter la tarjeta.
Gané una docena de kilos durante la pandemia y los sentía cada vez que subía hasta el mirador del Parque Chipre a caminar, con la respiración cortada antes de llegar a la mitad. Después vinieron meses de consejos gratis en Instagram — un día un video prometía la fórmula mágica, al otro alguien juraba que combinar mal ciertos alimentos aceleraba todo. De esos mitos de Instagram ya escribí aparte con calma, así que no me voy a extender aquí. Lo que sí te cuento es que ese desorden terminó en un mercado lleno de cosas que después ni usé, comprado casi por pánico.
¿Qué vendía cada curso y qué terminé usando en la cocina?

El curso más caro de los tres venía con el nombre de un influencer con más de un millón de seguidores, videos larguísimos de motivación y muy poca sustancia aplicable. El más barato de la lista, uno de gama media que ni recuerdo bien por qué compré, me dio justo lo contrario: una hoja de cálculo sencilla para armar mis comidas y nada de relleno. Ahí entendí que el precio de un curso no garantiza que las señales de que un curso de nutrición deportiva realmente funcionará para ti estén presentes. Ese tema de curso pensado para aficionado contra curso pensado para alguien que ya compite también lo dejé desarrollado en otro lado, para no repetirme.
Antes de esos cursos había probado unas barras de proteína importadas que sabían a cartón mojado y costaban lo que un almuerzo ejecutivo completo — las compré por un anuncio, no por recomendación de nadie con criterio. Óscar, un colega freelance con el que coincido de vez en cuando revisando diseños de empaque, se ríe de mi cuarto de pesas cada vez que viene: él levanta bastante más peso que yo en el gimnasio del centro donde entrena, pero anda quejándose de que duerme mal y lleva meses estancado en las mismas cargas. Comparar notas con él terminó sirviéndome más que cualquier barra de proteína cara.
El plan que tenía sentido para un atleta de doble entrenamiento, no para mí
Uno de los tres cursos, el que se vendía como programa premium, me armó un plan pensado para alguien que entrena dos veces al día — cantidades de comida y horarios que tienen lógica si vas a doble sesión de exigencia real. Yo entreno una vez, en un cuarto de nueve metros cuadrados en mi apartamento de Palogrande donde caben apenas unas mancuernas, una barra olímpica y un espejo que pegué a la pared del fondo con cinta de doble faz. Por la ventana entra bastante luz de tarde sobre una calle empinada, y en un tablero blanco llevo los macros de la semana escritos a mano, sin ninguna elegancia pero funcional. Seguir ese plan de doble entrenamiento ahí adentro fue como montarle a una bicicleta el motor de una moto: en teoría el motor rendía, pero no era para esa estructura.
Las primeras semanas con ese plan las pasé pesado, literal — terminaba las rutinas mareado, buscando dónde sentarme antes de seguir con lo que tenía pendiente en el computador. No era falta de disciplina, era que las porciones y los horarios estaban calculados para un cuerpo que gasta mucho más que el mío. Ajusté las cantidades a mi propio ritmo, sin pesar cada gramo como me insistía el curso de contar todo al detalle — ese nivel de registro también lo dejé explicado en otro artículo, para el que quiera ir tan a fondo.
Mercado del mes y sellos negros en el empaque

Ajustar las cantidades a mi propio gasto de energía cambió también el mercado. Dejé de comprar esos productos etiquetados como fitness que costaban el triple de una bolsa de avena y un cartón de huevos, y el ahorro terminó siendo algo así como dos o tres almuerzos corrientes menos gastados cada mes — no lo mido en pesos exactos, lo mido en cuánto me alcanza el efectivo antes de que llegue el próximo pago de un cliente. Los sellos negros de advertencia en el empaque me ahorran ahora los minutos que antes perdía leyendo letra chiquita en el pasillo de los yogures, aunque de la parte técnica de esas etiquetas no soy yo quien debería darte el detalle.
De la lista de mercado que sí funciona para alguien que entrena en casa con presupuesto ajustado ya escribí por separado, con ejemplos puntuales — aquí solo te digo que ese fue el cambio real, no las recetas con nombres bonitos que traía el curso caro. Biviana, una lectora que me escribe cada dos o tres meses contándome cómo le va, siempre pregunta antes que nada si el curso tiene cuotas, y tiene toda la razón en preguntar: el gasto de un curso de nutrición deportiva se siente distinto cuando lo pagas de una sola vez que cuando lo divides, aunque el contenido sea exactamente el mismo.
Medir la semana ocho sin el mareo de siempre
Para la semana ocho de ajustar las porciones a mi propio ritmo, ya notaba la diferencia sin necesidad de subirme a la báscula: cuarenta y cinco minutos de rutina completa en el cuarto de pesas y terminaba sin ese mareo que antes me obligaba a sentarme en el piso antes de seguir con el resto del día. No fue una revelación de un día para otro. Fue notar, semana tras semana, que la rutina ya no me dejaba tumbado, hasta que un jueves cualquiera caí en cuenta de que llevaba rato sin sentir esa pesadez.
Ese cambio no vino de memorizar un macro exacto. Vino de prestarle atención a cómo terminaba después de cada sesión — algo que cualquiera puede rastrear sin ser nutricionista ni pagar un cuarto curso.
Lo que sí me quedó después de tres cursos pagados

De los tres cursos, ninguno era una estafa completa, pero tampoco ninguno era la fórmula mágica que prometía la página de ventas. El que valió la pena no fue el más caro ni el que más videos tenía, fue el que me enseñó a mirar mi propio plato en vez del de un atleta de alto rendimiento que no soy. Cómo pesar ese valor real de un curso frente a lo que cobra también lo dejé desarrollado aparte, y si quieres una guía más completa sobre qué esperar de los cursos de nutrición deportiva en Hotmart realmente antes de decidir, ahí está con más calma de la que cabe en esta entrada.
Hubo un mes de entrega pesada de proyectos en el que volví a los domicilios y dejé todo botado, y no pasó nada grave — retomé sin necesidad de buscar un cuarto curso, porque ya sabía qué buscar en mi propio plato. Si estás comparando cursos de nutrición deportiva para bajar de peso entrenando en casa, esa es la lección que me llevo: no busques el que promete más rápido, busca el que te enseñe a medir algo que puedas seguir tú mismo, sin depender de la próxima oferta de Hotmart.